martes, 17 de enero de 2017

El argumento absurdo como respuesta al absurdo

El humorista Bill Maher disfruta transitar por las intersecciones que existen entre la libertad de expresión, la crítica ácida al gobierno y la pasión por la política. Una de esas intersecciones le llevó a decir que Donald Trump era descendiente directo de una mezcla entre una mujer y un orangután del zoológico de Brooklyn, New York. Su broma fue la reacción al movimiento birther (del que ya hemos hablado en este blog), que buscó deslegitimar al presidente Obama poniendo en entredicho su ciudadanía. Maher desafió a Trump exigiéndole mostrar su certificado de nacimiento, como prueba de que no era el hijo bastardo del Orangután neoyorquino. De mostrarse públicamente el certificado, el comediante ofreció darle al magnate cinco millones de dólares para que éste los donase a la caridad de su predilección.


Trump no perdió tiempo y desafió a Bill Maher. Envió a sus abogados con una carta donde decía: "con la presente carta adjuntamos el certificado de nacimiento del Sr. Trump que demuestra que es el hijo de Fred Trump y no de un Orangután." Al mismo tiempo demandó el dinero. Demanda que Maher ignoró. Al no recibir el dinero, los abogados de Trump recurrieron a los tribunales. Según apunta el humorista parece que "esto irá camino a ser resuelto por la Corte Suprema de Justicia".

La disputa Maher-Trump tiene muchas aristas por las que reflexionar. Una de ellas es una pregunta recurrente ¿Cómo combatir la argumentación absurda? A veces, parece que no hay salida lógica. El absurdo se convierte en un callejón sin salida. La única salida es por la tangente, con otro argumento absurdo. A veces, solo otro argumento absurdo pone en evidencia nuestra propia lógica difusa.

Reírse del absurdo puede ser un buen mecanismo para combatirlo. 

jueves, 15 de diciembre de 2016

Un título conferido por un rey europeo

No soy monárquico. Nací y crecí en una pequeña república, donde las grandes tradiciones europeas sobre la realeza dejaron de existir hace dos siglos. Sin embargo, al haber vivido por un lustro en una de las capitales europeas algo de aquella tradición me marcó involuntariamente. Un rey europeo me confirió el título académico de Doctor. Reza mi título que el ya abdicado rey, Juan Carlos I, Rey de España, y en su nombre el rector de la Universidad Carlos III de Madrid me confieren el citado grado académico.


Resulta cuando menos curioso poseer un pedazo de papel que lleva estampado el nombre de un monarca. También, me resultó rarísimo el momento cuando al finalizar la presentación final de la tesis, el director del tribunal se me acercara y me pusiera un manto dorado. No recuerdo qué dije, pero a manera de broma, mientras me ajustaba al cuello el manto me dijo: ten calma que aún falta más. Alguien le pasó un birrete medieval. Y al mismo tiempo que lo levantaba sobre mi cabeza, profirió unas palabras que decían algo así como que en nombre del rector de la universidad me otorgaba el título de doctor por la Universidad Carlos III de Madrid. Con un poco de presión me empotró aquel arcaico artilugio, surgido de las universidades medievales, en la cabeza. 

Como dije, para alguien que creció en una república todo aquello era extraño. Fue casi como un pequeño acto de coronación, una pequeña absurda réplica de la entronización de un rey. Un pedazo de la tradición aristocrática trasladada a la plebe. 

No soy antimonárquico. Durante ya casi dos décadas he gozado de la amistad de personas que se inclinan por sistemas de gobierno que excluyen las viejas aristocracias europeas. Alguno de ellos es un pleno convencido de que las monarquías son nada menos que parásitos de la sociedad. Sin embargo, si algo he aprendido en esta vida es a respetar a las personas y sus tradiciones. No todas las tradiciones son respetables pero aquellas que, como es el caso de las monarquías, no representan ningún daño a la humanidad nos queda la esperanzara de que algún día desaparecerán.   

jueves, 8 de diciembre de 2016

El movimiento "Birther" y la teoría del rumor

Durante la campaña electoral por la presidencia de USA del año 2008, el candidato por el partido demócrata Barak Obama tuvo que hacer frente a muchos rumores. Uno de esos bulos decía que éste estaba impedido de participar en la contienda, pues, había nacido en Kenia, Africa. En dos ocasiones, como candidato y como presidente, en 2008 y 2011, respectivamente, tuvo que publicar dos versiones de su partida de nacimiento. Y sin embargo, la medida no fue suficiente para frenar a tipos inescrupulosos como Donald Trump, quien en 2011 se puso al frente del movimiento "Birther". Es decir, todos aquellos que de manera ciega niegan la nacionalidad del primer presidente negro.


El día de ayer fui advertido de que continua el rumor que pone en duda el hecho de si en verdad obtuve el grado académico de doctor. Es decir tengo que hacer frente a mi propio "Birther", lo cual me parece gracioso. Esparcir rumores es propio de inescrupulosos. El "birther" no solamente refleja la maldad y la mala calidad de ser humano, sino que pone al descubierto su poca capacidad de argumentar con seriedad. El "birther" puede ser cualquiera, un candidato a presidente a USA, un rector o un decano. El patrón es el mismo: sembrar la duda. El movimiento "birther" tiene seguidores. Algunos se convierten en fanáticos y aunque se presenten pruebas que refuten la teoría conspirativa éstos no serán convencidos.

El caso del bulo sobre si en realidad obtuve el grado de doctor, pues, solo basta hacer una pequeña búsqueda en la web y se encontrará que el día 25 de julio de 2007 defendí con éxito mi tesis doctoral. De vuelta en El Salvador, para poder ser recontratado, presenté en septiembre de ese mismo año los resultados del examen a las autoridades de la Facultad de Ingeniería y Arquitectura. De aquella fecha a esta parte ha pasado casi una década. Durante ese periodo de tiempo he entregado copia de mi título en, por lo menos, media docena de instancias dentro de mi universidad. Y ahí me ven todavía, haciendo frente al movimiento  "birther" versión guanaco. 

viernes, 2 de diciembre de 2016

Días de estrés y de nervios

Fue en una reunión de trabajo que oí decir que había que enseñar a nuestros estudiantes a trabajar bajo presión. Casi de manera automática otro de los participantes asintió, pues le pareció que aquella frase encerraba una verdad tan grande como un templo. Yo por mi parte me quedé callado. No tenía la energía de iniciar una discusión partiendo de una posición desventajosa. Sin embargo me quedé pensando en qué significaba aquello. Por una parte, quien soltó aquella frase podrá padecer de muchas cosas pero dudo mucho que padezca de ningún nivel de estrés. Por otra parte, los niveles de estrés y de nervios que se alcanzan cuando se es estudiante son muy altos como para querer incrementarlos aún más. 


Mucho del nivel de estrés que se ve al finalizar el ciclo académico puede ser reducido. Una parte proviene de la sobre acumulación de evaluaciones: exámenes, tareas, exposiciones, etc. Esta acumulación tiene su origen en la carencia de un programa de actividades. Es incontestable que cada asignatura tiene un programa de estudio pero su implantación en el aula requiere de la coordinación de muchos engranajes que nunca llegan a darse. Por otra parte, hasta la fecha no conozco a nadie que se haya tomado el trabajo de medir el tiempo que lleva realizar cada actividad exigida en una asignatura. De mi experiencia como estudiante de asignaturas online,  en plataformas como edX, he visto que hay un esfuerzo grande por tratar de dimensionar el nivel de exigencia de una asignatura en función del número de horas requeridas para asimilar el contenido expuesto. En esas universidades hay una búsqueda enorme por ser justo. Es decir, por asignar una carga adecuada, cuantificada en horas.

No me cabe duda que las exigencias del mundo laboral son muy duras. Las presiones del trabajo pueden ser agotadoras. Sin embargo, no por estar más estresado se será más productivo. Al final debería primar el rendimiento del trabajador en sus labores que verlo perdiendo los nervios.




jueves, 24 de noviembre de 2016

El fin de un nuevo ciclo se acerca

Hay algo de especial en estos vientos, éstos que antes llamábamos vientos de octubre y que ahora los tenemos con todo su esplendor en el mes de noviembre. Para mi representan siempre el fin del año escolar, sea éste universitario, bachillerato o educación básica. Al mismo tiempo, hay algo de mágico y de nostálgico en la época. Por una parte, pone nuestra mirada en las grandes fiestas de navidad y fin de año. Por otra parte, pone nuestro ojos en los logros alcanzados durante el año. 


¿Qué conseguimos este año? Para un estudiante universitario debería de ser motivo de orgullo el haber aprobado todas las asignaturas. Debe ser motivo de satisfacción el sentir que ha realizado su parte: su compromiso personal, con sus padres, con la universidad y con la sociedad. Para la institución llamada universidad también debería de ser motivo de orgullo el ver el éxito alcanzado por los jóvenes que acuden a ella. Al mismo tiempo debe ser motivo de preocupación el ver que muchos no consiguen progresar en sus carreras. Esa preocupación debería motivarla siempre a buscar soluciones que maximicen el rendimiento del estudiante y que eleven sus niveles de aprendizaje.

Con este nuevo fin de ciclo y fin de año, nos preguntamos ¿Ha cumplido nuestra institución su papel de conducir a su juventud al éxito? ¿Han estado a la altura las autoridades? Como profesor me hago esta pregunta recurrente: ¿Lo he hecho bien este año? 

Mucho habrá para reflexionar y mucho por mejorar, no nos cabe duda.

 






viernes, 18 de noviembre de 2016

El NO Colombiano

Durante más de un cuarto de hora compartí con seis personas un reducido espacio de no más de un metro cuadrado. Íbamos literalmente suspendidos en el aire. Nos juntó un funicular. Era el último tramo de Metro Cable, empresa colombiana que gestiona el transporte público mediante un teleférico. Ese tramo conecta el último barrio de los cerros de Medellín con un parque llamado Arví. Ese parque es parte de una gran reserva natural, orgullo de todos los antioqueños. Durante ese corto tiempo, las siete personas que, apelotonadas, levitabamos sobre la naturaleza, creamos unos lazos muy fuertes de empatía. 


Cuatro de ellos eran un grupo familiar. Personas muy entrañables. El padre se llamaba Bernardo y había llegado del campo a la ciudad huyendo de la guerra civil que, durante el período de distensión del presidente Andrés Pastrana, se había recrudecido con virulencia. No pasó mucho tiempo para que, de manera discreta, les preguntase cómo habían votado en el referendum recién pasado. Lo hice de forma separada, mientras hacíamos la cola para anotar nuestros nombres en una lista dispuesta para los que quisieramos una visita guiada alrededor del parque. El padre me dijo que votó al NO. No me dio tiempo de hacer más preguntas pero se notaba que deseaba explicarme sus razones. Luego pregunté a su hija qué había votado y me respondió que votó al SI. Quedé sorprendido. Padre NO, hija SI. 

El paseo por el parque dio tiempo para hablar. Bernardo me explicó que mucho antes que la guerra llegase a Antioquia, él era propietario de una granja de cerdos. Cuando, aprovechando las zonas de libre circulación de guerrilleros o distensión, la guerrilla llegó a su casa y con ello empezó la extorsión. La vida se hizo insufrible. Abandonó su tierra, su hogar, el hogar de sus padres y de los padres de éstos. Cuando llegó el momento de decidir si votaba a favor del acuerdo de paz alcanzado con las FARC le pudo más su odio hacia aquellos que lo habían agredido. 

Nuestra conversación empezó a tocar temas muy sensibles y, a su manera, me pidió no seguir hablando sobre ese tema. Terminamos nuestro recorrido por el parque y decidimos comer la comida que habíamos comprado al inicio de nuestro paseo. La tormenta que nos sobrevino en ese mismo instante hizo que buscáramos refugio en un pequeño techo que había por ahí. Eso ayudó a seguir creando ese ambiente amigable. Pasada la lluvia caminamos hacia la estación de Metro Cable. En un breve instante donde tuve a tiro de pájaro a padre y a hija les pregunté por qué habían votado de manera diferente. El padre se sorprendió. Siempre había creído que su hija había votado como él: NO. La hija nunca quiso contrariar abiertamente a su padre y le hizo creer que votaba como él. Sin embargo, ya no pudo ocultar sus sentimientos hacia el SI.

Ver a un padre descubrir que su hija tiene ideas políticas diferentes fue un poco fuerte. Pero, los latinoamericanos son muy buenos ocultando emociones. De manera muy espontánea aquello se disipó y pareció que tremenda diferencia de ideas era una nimiedad. 

Platicando con un deplorable

Fue quizá una de sus pocas subidas de tono. La histeria colectiva parecía posesionarse de muchos de los seguidores de Donal Trump. El insulto parecía no tener límites. Se arremetía contra la herencia mexicana de un juez, se denigraba a la mujer, se atacaba una de las cosas más laicamente sagradas: la familia de un soldado caído en combate. En general, se había perdido uno de los frenos sociales más importantes: el sentido de la vergüenza. Fue en ese contexto tan tenso que Hillary Clinton llamó deplorables a los seguidores de su adversario.


Esta semana tuve la oportunidad de conocer a un deplorable. No era un redneck, término despectivo por el que se llamaba a los trabajadores agrícolas de raza blanca. Era un ingeniero de telecomunicaciones que, ya jubilado, había trabajado para el proyecto Apolo que puso al primer hombre en la Luna. Este ingeniero hizo su carrera en el ejército americano y su vida gremial la enriqueció con el trabajo voluntario que demanda el instituto de ingenieros en electricidad y electrónica.

Durante la cena, por azares de la vida, nos sentamos uno al lado del otro. El tema del nuevo presidente electo había sido un tema recurrente. No pasó mucho tiempo para que apareciera sobre la mesa. No creo haber estado combativo en la conversación. Todo lo contrario, mantuve mucha curiosidad en saber cómo una persona con tanta educación, tanto roce internacional, se decantaba por alguien como el señor del pelo postizo. Hablamos muchos temas, la OTAN, Japón, Rusia, el estado del bienestar, el presidente Obama y, también, platicamos sobre su muy admirado presidente Reagan. De lo hablado quedó patente su desprecio por los últimos tres presidentes demócratas: Obama, Bill y el señor de la granja de cacahuetes. Por cierto, sobre éste último no recordaba su nombre. Intervine para recordarle que se refería al presidente Jimmy Carter.

La pregunta aún resuena en los oídos de muchos: ¿Cómo fue posible? ¿Cómo los americanos pudieron elegir al señor que presume de agarrar a las mujeres por la vagina? Me respondo diciéndome de una manera simple y directa: mira a tu alrededor, mira los líderes que tienes cerca de tí ¿Son ellos los mejores candidatos? La respuesta es NO.