Fue a finales del año pasado. Observando como se extendía ad infinitum el ciclo II/15, publiqué un comentario en una red social. El aluvión de respuestas que recibí me dejó sorprendido. La mayoría provenía de exalumnos que ya no tenían las ataduras que impone el miedo. Con la libertad de quien ya no tiene que rendir cuentas a nadie reflexionaron sobre sus propias experiencias. Uno de los comentarios se me quedó metido en la cabeza. Lo realizaba uno de nuestros mejores estudiantes que ahora mismo acaba de terminar un doctorado en Suecia: "Salir [graduado] de la EIE sigue siendo un asunto de nervios más que de neuronas."
Hacia finales del mes de enero, del siguiente año, cuando el ciclo de 16 semanas se había extendido ya a la semana 25 publiqué otro comentario en la misma red social. El número de respuestas fue aún mayor. De igual manera quienes opinaban eran nuestros graduados. Casi todos coincidían que la pobre o ninguna organización de las actividades académicas tiene un impacto negativo muy grande en el rendimiento del estudiante. Tal como lo dijo nuestro exalumno, acabar una carrera se vuelve una cuestión de nervios y no tanto de neuronas.






